Encuesta Letra Cosmos 2012: Daniel Freidemberg

Daniel Freidemberg

(poeta-crítico)

Eventos literarios del año 2012: Habría que ver a qué se llama un evento literario. ¿Un concurso? ¿Un premio? ¿Un congreso? ¿Un recital? No sé qué podría responder: desde hace un tiempo no me fijo casi nada en eso. Ni, a decir verdad, me parece importante para la literatura. Quiero decir para lo que yo entiendo como literatura: ahí lo que cuenta es algo que ocurre en los textos y con los textos, aquello que en la lectura se suscita, las sorpresas o los descubrimientos o las revelaciones o las peculiares formas de placer que el encuentro con ciertas escrituras no deparan. No los acontecimientos sociales que, aprovechando los textos, sirven para que los lectores sepan qué consumir o recomendar, las editoriales o los promotores obtengan las ganancias a las que apunta su trabajo, los críticos, los académicos y los periodistas culturales tengan de qué hablar, y la vanidad y los bolsillos de algunos escritores se hinchen.

Novedades editoriales del año 2012: Tampoco estoy muy atento a eso. Desde que dejé de practicar habitualmente la crítica como profesión, no veo necesidad de estar al tanto. ¿Por qué tendría que interesarme tanto en las novedades habiendo en mi biblioteca tantos libros que no leí todavía y tantos otros que necesito volver a leer, además de los que no están en mi biblioteca pero sé muy bien que me esperan desde hace años o décadas? De todos modos, de los libros publicados en 2012 que sí leí (tengo en casa algunos otros que todavía están esperando, y de la mayor parte de los que aparecieron ni siquiera estoy enterado) puedo mencionar algunos, cuya aparición celebro.

Me alegra mucho, para empezar, tener las reediciones que hizo Alción, en Córdoba, de la compilación que Rodolfo Alonso tituló ¿Quién conoce a Antonin Artaud? y de las traducciones, también de Alonso, de Introducción a la Poética y Trabajar cansa/Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, de Paul Valéry y Cesare Pavese, respectivamente. Y más aun otra publicación de Alción: Poemas Completos de W.B. Yeats, en traducción de Eduardo D’Anna (si no me equivoco, la única que se hizo hasta ahora en castellano).

Pero si tuviera que nombrar, de todos los libros del año que leí, aquel cuya edición más agradezco, el primero es, sin duda, el de Saer, Papeles de trabajo, porque, aunque son textos descartados por el autor –al menos provisoriamente−, ahí está todo Saer, en toda su potencia de escritura y la capacidad de sacudir y despertar que siempre tiene su pensamiento, y encima una posibilidad de atisbar en la trastienda de su trabajo con la letra, no menos incitante y revelador, para mí, que el encuentro con los textos que publicó.

En cuanto a sorpresas, porque es lo primero que le conozco (y lo primero que publica), ha sido una buenísima experiencia El último joven, de Juan Ignacio Boido: cuentos que no me importan por lo que cuentan sino por la maravillosa precisión de la escritura, ese extremo respeto que tiene hacia la inteligencia y la sensibilidad del lector, que convierte a la lectura en un ejercicio mental placentero e iluminador, en el que uno va descubriendo zonas de sí mismo y percibiendo modos de relación con el mundo que la sutileza de Boido capta con destreza extrema y expone con una exactitud asombrosa. Nada es del todo lo que es, y a la vez es eso y nada más, irreductiblemente, y no se sabe bien quién es nadie, pero todos son algo que vale la pena conocer.

También en narrativa valoré mucho Anatomía de la melancolía, de Carlos Aletto, una apuesta desmesurada en un sentido radicalmente contrario al que se impone entre los narradores argentinos hoy: mucho y muy gozoso trabajo con el juego verbal, investigación en la historia y la cultura, nada que tenga que ver con “la actualidad”, “la vida cotidiana” y las noticias con que nos aturden los noticieros y los diarios.

En ensayo me alegró mucho la lectura de La poesía del pensamiento de George Steiner, Céline de Sollers, Soledad: común de Jorge Alemán y Lo impropio, de Diego Tatián.

Y, en cuanto a poesía, bueno, la obra reunida de Tamara Kamenszain (La novela de la poesía), el único Leónidas Lamborghini que hasta ahora quedaba inédito (El macró del amor), El alma y otros lugares de Miguel Gaya, Los goliardos de Vicente Muleiro (disfruto mucho esa manera de distorsionar la materia verbal o someterla a repeticiones y otros juegos), Wientergarten Varieté, Friedrischstase, 1930-Berlin de Rafael Bielsa (es una gran noticia, para mí, que haya retomado la poesía), Las confesiones de Fabián Iriarte, El camino imperial de Jorge Aulicino, krakatoa de Aníbal Cristobo (el particular desconcierto que siempre me produce su manejo del montaje) y a-letheia / ramalaje de Ignacio Uranga, un poeta muy joven que, a mi criterio, merece una muy particular atención, no por “lo que promete” sino por lo que ya demostró ser capaz de hacer. Fue una muy buena sorpresa también ¡Oh, Yo, mi efímero Dios!, porque ahí César Bandin Ron, que tiene una gran trayectoria en la poesía experimental, revela una veta reflexiva y casi epigramática que no le conocía y que me parece que maneja más que muy bien (con humor, además, y una extraordinaria captación de los detalles de la vida y un cierto desolado escepticismo que lo acerca a la sabiduría).

También muy valorable, Rawson, de Rafael San Martín, que ya tenía una edición cubana y aquí fue publicado en 2012 por Losada. Lo notable es cómo San Martín, un argentino de 81 años que reside desde hace mucho en Cuba, consigue dar cuenta de una experiencia tan extrema como la vida carcelaria en dictadura. Ni enseñanza alguna ni datos ni conclusiones, ni testimonio en el sentido habitual de la palabra, ni anécdotas. Pura potencia de la escritura, lo vivido aparece a través de la textura sonora de las palabras, su abierta capacidad y su abandonarse a ritmos y acumulaciones casi incomprensibles: no se trata de comprender sino de hacerse cargo de la experiencia.

Por otros motivos, me parece muy notable la demasiado breve Poesía reunida de Rubén Reches, un poeta ya sesentón que no había publicado casi nada hasta ahora y que viene a instalar una propuesta que nada tiene que ver con nada de lo que en la Argentina se hace: aparentemente sencilla, aparentemente directa, carente completamente de efectos novedosos o aspectos llamativos, es una escritura que obedece a una conciencia extrema del trabajo con la palabra, en lo que tiene que ver con la justeza del sentido y con la perfecta fluencia sonora, para dar cuenta de experiencias de vida recogidas por una subjetividad melancólica y contemplativa, cuya extrema sensibilidad hacia adentro y afuera de sí, lejos de abrumar, conmueve discretamente, a fuerza de ínfimos matices y detalles.

Casualmente o no, es otro Reches, Gabriel, el autor de un libro que me interesó muy especialmente, Es el fin del mundo, Tía Berta. Por dos motivos: el más circunstancial es el salto que en la trayectoria de Reches se produce, desde una producción más o menos atenida a las propuestas más conocidas de lo que se llamó “Poesía de los Noventa” al gesto de quien se juega en una apuesta sin antecedentes, como si se le hubiera impuesto una necesidad surgida del propio acto de escribir, indiferente a todos los mandatos y las costumbres del oficio o de la comunidad poética. El otro motivo, el decisivo, es la experiencia que me produce asistir a los resultados de esa apuesta: un diálogo, aparentemente, con una tía quizá muerta, como soporte para una incursión radical, desolada y mordaz, en los más duros interrogantes del acontecimiento de vivir, agitada por incesantes contradicciones y decidida a no renunciar en ningún caso a la lucidez impiadosa con que los poemas se hacen cargo de lo que a la mente se presenta, a través de una escritura inteligente, atenta a los detalles y sostenida en un arte del ritmo y la repetición al que en gran medida este libro debe el poderoso impacto que produce.

Y hablando de la Poesía de los Noventa: Alejandro Rubio y La enfermedad mental, que reúne su producción completa. Ni un solo poema, a lo largo de casi 400 páginas, que no me parezca muy necesario, cuando no admirable, sin vueltas. Por más que uno haya tenido muy buenas razones para salir a discutir los arrebatos y las bravuconadas con los que suele animar Rubio sus declaraciones o escritos sobre poesía, por más que a uno lo harten la ligereza y el dogmatismo “noventista” con que se lanza a dictaminar qué corresponde leer en estos días y qué no, por más aconsejable que a uno le resulte dejar de prestar atención al personaje público que Rubio desempeña, pocos libros de poesía me resultan tan necesarios de leer hoy como este, y que pertenezca o no a la Poesía de los Noventa me importa muy poco. O, en todo caso, si en vez de ser todo eso que se dice o se muestra, la Poesía de los Noventa fuera lo que encuentro en La enfermedad mental, se termina la cuestión: no hay rótulo que valga, ni manual de preceptiva ni requerimientos de moda alguna que valgan cuando uno está ante textos tan exactos, tan vivos, tan sutiles, tan obedientes a su propio impulso. Hablo –no encuentro otro modo de decirlo− de una sabiduría de fondo en cuanto a la elección y distribución de las palabras y a lo que en el ánimo y la inteligencia convoca ese trabajo, radicalmente desafiante a fuerza de propia consistencia a todo lo que se presupone o a cualquier tipo de comodidad espiritual. Se está frente a la presencia irreductible de la poesía y es eso lo que uno tiene ante sí al leer: poesía, no material para verificar la adecuación a tal o cual rótulo o tal o cual “espíritu de época”.

Ya lo dije: están también ahí a la expectativa unos cuantos libros que todavía no leí (no siempre puedo estar en onda para la lectura o tener tiempo) y otros que tengo proyectado conseguir. Finalmente, algo que no puedo no agregar, por más éticamente reprobable que resulte o aunque caiga en el ridículo: estoy muy conforme, más que muy conforme, con cómo quedó Sonidos de una fiesta ajena, la antología con materiales de cuatro de mis libros de poemas y un par de inéditos que reuní para Ruinas Circulares.